El mundo ibero

Y aquí me tenéis, en la puerta del edficio de moda en Jaén, donde resido actualmente: el museo íbero (así lo han llamado, aunque yo prefiero ibero). Si os pasáis a visitarlo encontraréis una exposición temporal no muy grande, pero de bastante valor para hacerse una idea de la vida de este pueblo prerromano que habitó parte de la Península y de cuya lengua dicen algunos lingüistas que procede el vasco o euskera. A mí me ha gustado. Lo que no tiene aún es una exposición permanente, pero por estas tierras del sur no hay que tener prisa. Como la visita no requiere mucho tiempo, se puede completar con una excursión a los restos arqueológicos de Cástulo, en la vecina Linares, a un poco más de treinta minutos en coche yendo hacia Madrid.

En lo que se refiere a Stonemarten, me quería fijar en concreto en un grupo escultórico que han traído del museo provincial de Jaén y que pretende representar una leyenda heróica ibera. Se trata del héroe y la cabeza de lobo de El Pajarillo (ese es el nombre del cortijo donde se encontró, en Huelma), del siglo IV a.C.

héroe

Como ocurre en los buenos museos, el observador se puede abstraer de su presente para comprender mejor el significado del pasado. En este caso hay un hombre armado que saca su cuchillo o falcata para defenderse de un lobo que se le enfrenta en actitud amenazante. Quizá eso no sea algo que consideremos muy legendario, aunque no creo que muchos nos hayamos visto en una situación como esta. Solos en un bosque y en un mundo inmerso en supersticiones como era el ibero del siglo IV a.C., pienso que sí es heróico atacar a un lobo, que te puede comer (se dice pronto), más cuando la escena muestra a otro individuo en el suelo, al que el héroe defiende del animal.

En La maldición de Stonemarten quise hacer eco de esos miedos del pasado, ya inexistentes en una sociedad urbana y en la que lo savaje apenas está presente en parajes artificialmente delimitados por el hombre. De este modo, los protagonistas de la novela son hostigados por lobos (no puedo revelar más, para que no sea un spoiler) para conservar la riqueza de la tradición oral popular de pueblos desaparecidos cuyos elementos aún pueden ser de mucho provecho en nuestra sofisticada civilización, como conocer la pequeñez del ser humano, frágil en el mundo, a pesar de construir edificios gigantescos y desarrollar la ciencia hasta extremos inimaginables hace apenas una centuria.

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Odisea

¿Quién no conoce alguna de las aventuras de Odiseo (Ulises para los romanos), aunque no haya leído el poema homérico?

Me ha costado decidirme finalmente por esta obra como la primera a la que dedico un espacio en la categoría “Las aguas del río Grisel”, por varios motivos: el primero, que se trate de una obra muy conocida y, el segundo, la resistencia a no escribir en primer lugar sobre la Biblia, otro libro cuyo mensaje me ha fascinado siempre y al que dedicaré otra entrada.

La Odisea está presente en las páginas de mi fantasía épica, ¿cómo no? Al fin y al cabo, esta es una aventura motivada por el amor a la familia y a la tierra y en la que los protagonistas son objeto de las arbitrariedades de los poderosos, están sometidos a fuerzas desconocidas y siempre anhelan la justicia para los suyos y el buen recuerdo de su nombre. La obra de Homero siempre ha fascinado por sus valores, insertados en el origen de nuestra cultura, por el aroma de la sencillez, casi un cuento, que es capaz de mezclar en el mismo pasaje la heroicidad de la lucha contra monstruos desconocidos y la belleza presente en una simple flecha, usando adjetivos para nosotros prácticamente  huecos por el desgaste de su uso, pero que en el relato del rapsoda griego resuenan con todo el sentido de palabras recién pronunciadas.

En la literatura reciente, el viaje a casa de Odiseo ha inspirado a muchos autores. Una de sus interpretaciones más importantes es el de la vuelta al origen, la de superar una serie de pruebas (la vida, que es una continua lucha) para lograr alcanzar las riendas de la propia vida, para volver a ser quien se es, para echar de nuestra vida aquello que nos neutraliza, que nos aliena, o que nos resulta tóxico, diríamos en expresión más actual.

Todo esto está en Stonemarten, una Ítaca de ida y vuelta, que ha de ser recuperada de sus usurpadores, a la vez que los protagonistas realizan no solo un viaje físico, sino un periplo interior que los liberará de sus resistencias más íntimas.

Las aguas del río Grisel

Las aguas de la región de Görtham están regadas por dos ríos, el Grisel, al sur de Stonemarten, y el Bravo, al norte. El principal y más caudaloso es el primero.

La maldición de Stonemarten contiene, sin duda, guiños a otras lecturas e influencias más o menos remotas de libros que han dejado poso en mi formación literaria. En las próximas entradas voy a ir revelando cuáles son esos guiños e influencias de las que soy consciente.

Como el agua que vivifica la tierra de Görtham, así el caudal casi inagitable de la tradición literaria riega las páginas del libro que nos ocupa, como los de cualquier otro. De modo que el río Grisel es al mismo tiempo una metáfora que riega ciertamente y en sentido figurado el inventado reino de Görtham.